Vou’n bulina dixu’l viantu dendi’l
norti
al tou llau lligaréi ya siampri taréi
unda eiqui,
na ca’l fuau.
Beleño, Na
ca’l Fuau.
Inhóspitas pero con
mucha historia
El archipiélago de las Orcadas comprende más
de 70 islotes con un relieve que no presenta alturas
destacables excepto en la isla de Hoy, que llega a
alcanzar en sus deshabitados páramos más de 450 m. de
altitud. Es de destacar en su paisaje la total falta de
arbolado, salvo en pequeñas manchas en el interior de la
isla de Mainland. Se encuentran estas islas al norte de
Gran Bretaña, separadas de Escocia por las pocas decenas
de millas naúticas que forman el estrecho de Pentland
Firth. El clima es duro, especialmente entre septiembre
y abril, caracterizándose especialmente por los fuertes
y constantes vientos. Esto, combinado con las bajas
temperaturas y la alta humedad consigue transmitir una
sensación continua de inhospitabilidad.
Pero aun
así, han sido ocupadas por el hombre desde tiempo
inmemorial. Hasta nuestros días han llegado vestigios de
las construcciones realizadas hace 5.000 años por los
primeros habitantes de estas islas. Los megalitos y
túmulos están extendidos por toda la geografía de las
islas y constituyen conjuntos verdaderamente importantes
tanto en tamaño como en cantidad. Los pictos habitaron
este archipiélago y, posteriormente, los vikingos usaron
estas costas como base avanzada de los puertos
escandinavos en sus ataques a escoceses, irlandeses e
ingleses. Más cerca de nuestros días, y recordando,
además, algo que forma parte de nuestra historia, fueron
usadas como refugio por los restos de la Gran
Armada, conocida irónicamente desde aquel tiempo
como “invencible”.

Vista panorámica de
la ensenada de Scapa Flow, al norte de Gran Bretaña.
Foto: J. Mª Castellví (c)
Tres de las islas principales, tres más pequeñas y
algunos islotes forman en el sur de las islas una grande
y abrigada ensenada, Scapa Flow. Esta zona de aguas
tranquilas, en la región de encuentro de dos mares tan
bravos como el Mar del Norte y el Atlántico Norte hizo
que el Almirantazgo británico decidiera establecer aquí
la base para la flota metropolitana del Reino Unido poco
antes de estallar la I Guerra Mundial (1914-1918).
Hablar en estas latitudes de aguas tranquilas es por
comparación con las zonas cercanas. Por ejemplo, en el
Pentland Firth se han llegado a medir corrientes de
hasta 14 nudos. Dicen los escoceses y los orcadianos que
“las corrientes son la sustancia que crea las
leyendas en el Pentland Firth”.
El cementerio de la
Gran Flota Imperial
En 1918, cuando a los políticos les pareció que
cuatro años de guerra ya habían desangrado
suficientemente a Europa, se llegó a un armisticio entre
los aliados y los alemanes. No era el final de la guerra
pero sí una tregua y los dos bandos negociaban para
llegar a la paz definitiva. Durante estas negociaciones
la Gran Flota Imperial Alemana de Alta Mar debería
permanecer en manos de las fuerzas aliadas en Scapa
Flow. Los 74 barcos que la constituían llegaron a esta
rada en noviembre de 1918 y fondearon en las aguas más
profundas del Flow, al noroeste, entre las islas de
Cava, Fara y Hoy. Una vez hecho esto, la mayor parte de
los marinos germanos fueron repatriados permaneciendo
únicamente un mínimo de tripulación en los buques.
El invierno pasó y, tras 7 meses fondeados a
merced del mal tiempo habitual, el acero de la flota
germana se fue oxidando paulatinamente, perdiendo así la
altivez que habían paseado por el mar durante la Gran
Guerra. Durante ese largo periodo de tiempo se prohibió
a los marinos alemanes bajar a tierra, se les
confiscaron las radios y se aisló a las tripulaciones de
los diferentes buques entre sí. Mientras duró este
aislamiento, los ingleses entregaban a los alemanes
periódicos con varios días de retraso para que fueran
siguiendo, de esta forma, las negociaciones de paz.
Pocos días antes del 21 de junio de 1919 el
Contraalmirante Ludwig Von Reuter, comandante de la
flota alemana, había leído que existía la posibilidad de
que se rompieran dichas negociaciones. El Imperio alemán
no estaba de acuerdo con las condiciones que imponían
los aliados y esto podía desencadenar de nuevo la
guerra. Si esto llegaba a ocurrir, la Flota Imperial
caería sin remedio en manos británicas. Había que
impedirlo y sólo se lograría hundiendo todos los buques
retenidos.
En un ejemplar de periódico que había
sido publicado cuatro días antes se informaba que el
armisticio terminaba el 21 de junio. Von Reuter decidió
hundir la flota ese día. Lo que no sabía era que el
armisticio se prolongaba hasta el día 23, en un intento
de los dos bandos de llegar a un acuerdo que impidiera
la guerra.
El 21 de junio desde el S.M.S. Emden,
el buque insignia del Contraalmirante, se transmitió la
orden, ya convenida previamente mediante banderas y
luces, a los 74 barcos de la flota imperial. Al recibir
dicha orden, algunos izaron la bandera imperial y la de
“avanzar hacia el enemigo”. Esto estaba prohibido por
los británicos y originó algunos tiroteos con las
consiguientes víctimas entre los desarmados alemanes.
Pero ya no pudieron evitar la inundación de los buques,
en menos de dos horas descansaron sus estructuras sobre
el fondo de la bahia, entre 20 y 55 m. de profundidad.

El S.M.S Brummer,
Crucero ligero de la Gran Flota Imperial Alemana, fue
otro de los buques hundidos por la Armada Invencible
Británica.
Foto: J. Mª Castellví (c)

Los restos del F2, destructor
semi-experimental por su avanzado diseño de la 2ª Guerra
Mundial, que los ingleses se quedaron como compensación
de guerra y que a los dos años se les hundió por una
galerna, descansan dentro de la bahía de Scapa
Flow.
Foto: J. Mª Castellví (c)
Casi noventa años
después

Para las inmersiones en aguas
de Scapa Flow, fue necesario contar con un complejo y
pesado equipo.
Foto: J. Mª Castellví (c)
Esta flota perdida fue uno de los objetivos de la
Expedición Orkney 2001, Al filo de lo
Imposible, que se llevó a cabo durante el mes de
Octubre de 2.001. Expedición formada por Carmen
Portilla, Josep María Castellví, Josep Guarro, Ángel
Ortego, Javier Lusarreta y Xesús Fernando Mantega,
además de un equipo de competentes técnicos de TVE para
la filmación en exteriores, Manuel Rojo (fotografía),
Lalo Izquierdo (sonido), Esteban Vélez (producción) y
Sebastián Álvaro (dirección). El reto esta vez era la
propia filmación, ya que las condiciones de la mar y la
visibilidad del agua nos obligaban a largos tiempos de
fondo en una cota variable entre 30 y 40 m. de
profundidad. A pesar de utilizar como mezcla habitual
EAN 29 o EAN 30, pasar 50 minutos en el fondo nos
obligaba a descompresiones que, a veces, llegaban a
sobrepasar los 50 minutos a 3 metros de profundidad. La
configuración del equipo consistía en dos botellas de 15
litros a la espalda más una botella de 7 l. colgada
lateralmente. También en la espalda llevábamos la
batería de un foco de 200 w. Todo esto suma un peso de
más de 70 kg. en el exterior.

Los integrantes del equipo
de "Al filo de lo Imposible"a punto de iniciar
una de las inmersiones.
Foto: Javier Lusarreta (c)
Bajo el agua un buceador se encargaba en todo momento
de la seguridad del cámara, ya que éste llegaba a
abstraerse totalmente en su trabajo y corría ciertos
riesgos que se mermaban con la presencia del buceador de
seguridad. Otros dos buceadores iluminaban la escena
mientras los dos restantes actuaban de
modelos.
Uno de los buques mejor conservados es
el S.M.S. Köln, un crucero ligero de la clase Dresden II
de 5.531 toneladas de desplazamiento, 170 m. de eslora y
16 m. de manga que fue botado en Hamburgo en 1916. Yace
a 36 metros sobre el costado de estribor en un fondo de
fango y arena que le da una sensación real de
profundidad. Realmente impresiona cuando, entre la
penumbra verdosa, aparece la oscura silueta de su casco
hundido y surge, repentinamente, la idea de encontrarnos
muy lejos de tierra firme y en oscuras aguas profundas.
En estas aguas, como en el Cantábrico, hay un punto en
el que no se ve ni la superficie ni el fondo sobre el
que descansa el pecio. Un descenso incontrolado nos
desorientará completamente.

Imagen del legendario buque
alemán, el S.M.S Köln, que ahora descansa en las
tranquilas aguas de Scapa Flow.
Foto: J. Mª Castellví
(c)
En el costado de estribor se ve una línea de ojos de
buey que permiten que la luz de nuestros focos rompa la
oscuridad del interior del barco. La popa está entera y,
sobre ella, se ven las torretas de dos cañones de 5,9
pulgadas, así como el ancla de popa y los camarotes de
los oficiales. Al recorrer la cubierta, que se encuentra
en total oscuridad a causa de la sombra del propio
casco, se pueden apreciar todavía las tablas de madera
que formaban el suelo y los restos de los cabrestantes
de las amarras. Más cerca de la proa encontramos el
puente de mando, todavía entero, y la torre de dirección
de tiro. Esta torre, de forma oval y acorazada, estaba
coronada por un sistema de periscopios y era el cerebro
del barco durante las batallas. Tenía dos plantas y las
únicas aberturas al exterior eran dos filas de rendijas
que permitían a los oficiales ver el transcurso del
combate desde el interior de la torre. En la proa
permanecen los tornos de los anclas de proa.
Cuando hablamos de barcos hundidos siempre viene
a nuestra memoria la existencia de tesoros perdidos.
Tesoros que se fueron al fondo en medio de galernas, por
el mal gobierno de un buque o durante un sangriento
combate naval. Es más difícil de imaginar que se pierdan
bajo el agua por voluntad propia de sus capitanes y
tripulaciones y que, además, este tesoro no sea oro,
plata y piedras preciosas, sino algo que, en su época,
era tan común como el propio acero que constituía los
mismos barcos. Ochenta y tres años más tarde, este metal
se ha convertido en el único acero sobre el planeta no
contaminado por la radiación de las bombas atómicas, y,
aunque cueste creerlo, es indispensable actualmente para
la exploración espacial. Este acero es el de la Flota
Imperial Alemana de Alta Mar hundida en Scapa Flow en
1919.
El H.M.S.
Hampshire
A pesar de la importancia de la pérdida de la flota
imperial, estos barcos no tienen la carga emotiva de los
que fueron a pique llevándose consigo las vidas de los
marinos que los gobernaban. Este es el caso del H.M.S.
Hampshire, crucero blindado británico de 150 metros de
eslora, que se fue al fondo del Atlántico el 5 de junio
de 1916 con casi toda su tripulación y con Lord
Kitchener, ministro británico de la guerra en aquel
tiempo y héroe nacional por su actuación en las guerras
coloniales de Sudán y Sudáfrica. De los 655 marinos que
formaban su dotación sólo sobrevivieron 12. Este barco
se dirigía hacia el Ártico ruso para que Lord Kitchener
se reuniera con el Zar rodeando la costa occidental de
las Orcadas en medio de un fuerte temporal. Además, se
cree que transportaba secretamente más de 2.000.000 de
libras esterlinas en oro para entregar a los aliados
rusos. Tan brava estaba la mar que los barcos de escolta
tuvieron que regresar a la base mientras el Hampshire
continuaba su ruta. El viaje fue interrumpido por una
súbita explosión en la proa, hundiéndose el buque
rápidamente en medio de la galerna. El origen de esta
explosión ha dado lugar a varias teorías. ¿Una mina
fondeada por un submarino alemán, un sabotaje realizado
por el I.R.A. o los mismos británicos abriendo el paso a
un nuevo ministro de la guerra con nuevos métodos y
estrategias? Fuera una u otra la causa de la explosión,
el Hampshire descansa ahora a 68 m. de profundidad a
pocas millas de la costa noroeste de Mainland.
El H.M.S. Hampshire, junto al H.M.S Vanguard y
el H.M.S. Royal Oak, se encuentran protegidos por el
Acta de la Comisión del Parlamento Británico para
Cementerios de Guerra y Restos Militares de 1986, con lo
que las inmersiones en estos pecios están prohibidas.
“Al Filo...” tramitó un permiso para descender y
filmar en este lugar. Aquí, en la confluencia del Mar
del Norte con el Océano Atlántico, dicen que se
encuentra una de las aguas más traicioneras del mundo.
Las fuertes corrientes y las mareas de gran desnivel
originan impredecibles y rápidos movimientos de masas de
agua que, unidos a la frecuencia de temporales y
galernas, hacen muy difíciles las inmersiones. Nosotros
tuvimos suerte. A pesar de que la mar estaba bastante
fuerte, nos permitió hacer dos inmersiones con un
intento fallido entre las dos jornadas de acierto. La
temperatura del agua era de 11º C y la del aire de 8º C,
acompañada de un fuerte viento del norte que, en
ocasiones, hacía que las olas subieran a bordo.
Una inmersión
“Al filo de lo imposible”
Descender a estas profundidades hace que los
buceadores se vean sometidos a riesgos graves como la
narcosis y la hiperoxia. Estos riesgos se minimizan
utilizando determinadas mezclas de gases. Considerando
que el origen de la narcosis es la intoxicación por
nitrógeno y la hiperoxia se produce por la intoxicación
por oxígeno (de estos gases el aire tiene un 78 y un 21%
respectivamente), lo que hacemos es preparar una mezcla
en la que disminuyamos estos porcentajes. Esta mezcla es
conocida como Trimix y está compuesta por oxígeno,
nitrógeno y helio en los porcentajes adecuados a cada
profundidad. No todo son ventajas, puesto que el uso del
helio nos penaliza en la descompresión. Para disminuir
el tiempo de descompresión en lo posible utilizamos en
parte del ascenso una mezcla más rica en oxígeno (aire
enriquecido Nitrox, EAN en las siglas inglesas) y a 6 m.
de profundidad, en la última parada de descompresión,
oxígeno.
Nuestro planteamiento de buceo fue
sobre una profundidad máxima de 70 m. y un tiempo de
fondo de 20 minutos. Calculamos la mezcla de gas y la
descompresión mediante un programa informático.
Utilizamos como mezcla de viaje y fondo un Trimix 17/43
y como mezcla de descompresión EAN 40, a partir de 30
m., y oxígeno 97 % a 6 m., contenido todo este gas en
dos botellas de 15 l. a la espalda y dos botellas de 7
l. en los laterales. La existencia de las corrientes
mencionadas hace que no sea posible hacer la
descompresión en el cabo del fondeo sino en una
plataforma de descompresión a la deriva. Permanecer
agarrado al cabo de fondeo implica un enorme esfuerzo
para que la corriente no arrastre al buceador y esto se
soluciona dejándose llevar por ella. La plataforma
consta de tres barras de acero inoxidable lastradas a
12, 9 y 6 m. de profundidad ,donde se pueden colocar
varios buceadores, suspendidas de dos grandes boyas y
ésta unida a la línea de fondeo por un mosquetón a 15 m.
de profundidad. Cuando todos los buceadores han pasado a
la plataforma se suelta este mosquetón y se inicia un
viaje a la deriva seguidos por el barco de apoyo que
durará el tiempo de la descompresión. En nuestro caso,
en 28 minutos de deco se recorrían entre 4 y 5 millas
hacia el norte.

Uno de los miembros del
equipo preparándose para el descenso, que resultaba
bastante complicado debido al peso y a la fuerte
corriente de las aguas.
Foto: Javier Lusarreta (c)
Hay que tirar fuerte de brazos, o incluso poner un
cabo de seguridad, para evitar que la corriente nos
arranque del cabo de fondeo. Al poco tiempo de comenzar
el descenso dejamos de ver la superficie gris y la
tonalidad verde lo envuelve todo. Los minutos van
pasando y la única referencia de nuestro descenso es la
cuerda guía y los datos de los instrumentos. Es el
vacío, donde cada metro descendido en la penumbra verde
va dejando paso a la oscuridad azul que nos rodea ya
totalmente. Después de 7 minutos de descenso, ya en
oscuridad total sólo rota por nuestros focos de 200 w,
comenzamos a ver que la luz no se pierde en este espacio
denso sino que parece iluminar algo. Es el fondo, por
donde vemos esparcidos objetos de diverso tamaño, muchos
de ellos reconocibles. Un gran reflector, proyectiles de
artillería, trozos de metal y lo que parece un mástil
nos indican que, a pesar de no caer sobre el pecio, éste
se encuentra muy cerca. Efectivamente, si nos separamos
del fondo vemos, a algunas decenas de metros, la oscura
silueta de la mole del Hampshire, concretamente la
destrozada proa que permite ver, a través de su enorme
boquete, el interior del buque.

Explorando el
interior del H.M.S Hampshire
Foto: J. Mª Castellví
(c)
Como a todos los cementerios, lo envuelve una
atmósfera de soledad y silencio que nos hace
desplazarnos por el barco con lentos movimientos, como
si de esta manera pudiéramos expresar nuestro respeto
por los marinos perdidos aquí. La ingravidez nos
permite, además, acercarnos lo más posible pero sin
llegar a tocarlo, como si algo inconsciente en nuestras
mentes impidiera poner nuestras manos sobre el
corrompido casco de acero.

Uno de los
buceadores recorriendo la quilla del casco del H.M.S
Hampshire, cubierta por flora marina y corrompida por el
paso de los años sumergido.
Foto: J. Mª Castellví
(c)
La oscuridad que nos rodea no es como en las cuevas.
Todos los miembros del equipo somos espeleobuceadores y
a todos nos ha causado la misma impresión. Una cueva es
un lugar acogedor, el sentirse dentro de algo hace que
las referencias estén claras. Lo que dejo a la derecha
continuará después a la derecha. Pero aquí, dentro de
este volumen que, para nosotros se puede considerar
infinito, parece que las cosas cambian de sitio durante
el tiempo que estamos abajo. De hecho, todos con el
rabillo del ojo controlamos que el muerto del fondeo, al
que añadimos un ancla bien agarrado al fondo, no se vaya
de donde está. El tiempo corre aquí muy deprisa y la
hora de subir llega demasiado pronto, teniendo que dejar
para una próxima ocasión la filmación de nuevos planos.
Aun así, alguno de nosotros hace un gesto de despedida
ante un ojo de buey que, sorprendentemente, todavía
conserva el cristal intacto. Iniciamos un lento ascenso
con paradas desde los 36 m. de profundidad y todavía
tardaremos 40 minutos en llegar a superficie. Después,
la recogida en medio de las grandes olas del Atlantico
será otro problema a solucionar, pero esta vez estamos
en las manos del patrón.
Más tarde, al revisar
en el monitor lo grabado, observamos algo que no
habíamos visto durante la inmersión. En el costado del
buque se ven tres grandes agujeros que, en conjunto,
recuerdan una cara. Lo curioso es que estos agujeros no
fueron hechos de fuera adentro sino al contrario, de
dentro afuera, lo que corroboraría que ocurrieron
explosiones internas. Lo que quedaría por saber es si
estas explosiones fueron antes o después de comenzar el
hundimiento del Hampshire. Pero la respuesta a esta
incógnita permanecerá, de momento, en el fondo del
Atlántico.
Para saber más
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Guía y mapa de Orkney Islands
Turismo en Orkney Islands
Scapa Flow