La Virxen de la Cueva, L’Infiestu (Piloña-Asturies)
Rogelio Jove y Bravo
Publicado en: Asturias, de Octavio Bellmunt y
Traver y Fermín Canella y Secades.
Tomo I. Ed: Fototipia y Tipografía de O. Bellmunt.
Gijón, 1895.
No hay nada tan encantador para las imaginaciones romancescas como ese período de perturbación, de trastornos políticos, de gestación social que se desarrolla entre los dos grandes acontecimientos: la invasión de los pueblos del Norte del viejo continente europeo y el descubrimiento del continente nuevo. Todo ese pasado aparece envuelto en una niebla luminosa a través de la cual lo real toma apariencia de fantasmagoría y lo fantástico perfiles de realidad; por donde la historia de aquellos tiempos parece una serie de leyendas y las leyendas casi se confunden con la historia.
Esos caracteres del período medioeval en ninguna parte resultan más
evidentes que en estos territorios montañosos, donde la luz y las sombras
luchan constantemente y constantemente transforman el aspecto de la tierra, produciendo
con esos cambios en la imaginación de sus habitantes transformaciones análogas,
para ellos inexplicables, y que determinan en su espíritu una tendencia
invencible a lo misterioso, a la confusión entre lo real y lo ideal.
Por eso nuestra Asturias está sembrada de tradiciones y de leyendas;
un accidente extraño del terreno, una hoquedad de la peña, el perfil de un
crestón calizo, la caída de una cascada, todo tiene su conseja. Y si cerca de
la cascada, en el crestón, en la hoquedad, en el accidente del terreno hay una
ermita, una cruz, una imagen de la Virgen, entonces veréis cómo la leyenda se
impregna de religión, de fe, de penitencia; veréis cómo todas parecen
inspiradas en aquellos tres grandes sentimientos que inflaman el corazón de los
paladines de los libros de caballería: la religión, la patria, el amor.
Esos sentimientos forman también el contenido de la leyenda de la
Virgen de la Cueva, Santuario inmediato a la villa de Infiesto, donde se venera
una imagen de la excelsa Madre de Dios, donde acuden enfermos en busca de
salud, y romeros que van a exhalar la gratitud de su corazón en lágrimas y
oraciones.
Como casi todas, la leyenda de la Cueva tiene varias versiones, que
pueden reducirse a dos. En ellas el personaje principal es el mismo: un noble
portugués; en una prometido, en otra, esposo de una dama castellana o
asturiana, que de ésto nada seguro dice la tradición. La época a la cual ésta
se refiere, no es fácil determinarla; ninguno de los escritores que la
reproducen ha puesto nota alguna de investigación en este punto; pero bien
puede asegurarse que se trata del segundo período feudal, probablemente al poco
tiempo de constituirse la monarquía castellana. El caballero portugués de la
leyenda viene a pelear contra el moro, bajo las banderas de Castilla, lo cual
parece indicar que era el monarca castellano su señor natural, y entonces la
época de la leyenda bien puede fijarse como anterior a la concesión del Condado
de Lusitania o Portugal a Enrique de Borgoña, es decir, entre los siglos X y
XI.
Precisamente a este período se refieren la mayor parte de las
tradiciones de esta índole, en la cuales desengaños de amor o desencantos
providenciales transforman austero cenobita o monje piadoso al guerrero de
corazón duro, de valor indomable, de porte soberbio y de pasiones insaciables.
Este tema de la leyenda tiene un ciclo que empieza con la invasión árabe, la
humillación de todas las soberbias de los pueblos germánicos, y no termina
hasta que la reconquista no se acaba. Quizá se trata de un fenómeno moral
propio de aquellos tiempos de agitación y lucha; pero eso de pasar del bullicio
del mundo a la soledad de la ermita, del fragor de la batalla a la paz y al
silencio del claustro, es hecho frecuente en la leyenda de la primera mitad del
período de la reconquista y en la historia del segundo. Ese ciclo lo abre la
tradición del Rey Rodrigo convertido en anacoreta en las montañas de Portugal,
y lo cierra la historia de la retirada de Carlos I a Yuste y la ruidosa
conversión del Duque de Gandía. Desde entonces, la repetición de esos hechos ha
cesado seguramente, porque ha cesado también aquel estado del espíritu; después
de todo, aquel es el período romántico de la historia.
Y dando aquí punto al preámbulo, comentemos ahora lo que la tradición
cuenta.
Allá, en aquellos tiempos, vivía en estos contornos el buen caballero
señor de la Torre de Lodeña, hombre valiente y piadoso.
En sueños, cierta noche, aparecióse a él la Virgen María en figura
distinta de aquella en la cual veía su imagen en la Iglesia, y a la sorpresa
del honrado caballero, contestó la Madre de Dios diciéndole que la imagen y
bulto de la figura con que la veía, se la había ella misma dado a un piadoso
monje que vivía en las cercanías haciendo grandes y durísimas penitencias; y
que a esa imagen quería se le diese devoto culto.
Al despertar de su sueño, el señor de la Torre de Lodeña pensó en
asegurarse de la verdad del caso y ver si en aquel sueño había algo de
realidad, porque de ser así debía de agradecer el favor extraordinario con que
la Santísima Virgen le había distinguido, eligiéndole para propagar la devoción
a una de sus imágenes. Montó a caballo y emprendió sus investigaciones con
grande afán, que vio satisfecho, puesto que cierto día, al pasar cerca de una
caverna, creyó escuchar gemidos, y penetrando en ella, vio lo que con piadoso
empeño buscaba.
La hoquedad de la quebrada peña formaba extensa cueva, cuya boca casi
cubrían jaras, espinos y rosales silvestres, tamizando, como a través de un
velo de caprichoso dibujo, la luz del sol.
Los rayos de ella, deslizándose entre las ramas como espadas de oro,
penetraban en la gruta, la iluminaban y templaban al par con su dulce calor la
frialdad húmeda del ambiente.
En el fondo y en un nicho tosco abierto en la piedra, encontró el señor
de la Torre de Lodeña la misma imagen que en sueños se le apareciera, y mirando
después en torno, vio postrado en tierra a un hombre, vestido con un pobre
sayo, demacrado por las penitencias, entristecido por la soledad, y en cuyos
ojos brillaba esa mirada profunda y centelleante de los que viven en la
contemplación constante de las oscuridades de la eternidad y de los
resplandores de la belleza infinita.
Creyó el buen caballero que la fisonomía del penitente despertaba
recuerdos lejanos en su memoria, y pronto reconoció en el estenuado anacoreta a
un su amigo, noble portugués, valiente guerrero a quien en otro tiempo había
visto pelear bizarramente a su lado y bajo las banderas del Rey de Castilla.
¿Por qué lo encontraba ahora en tan triste retiro, entregado a una
dura penitencia?.
La historia de este cambio no tardó en conocerla el señor de la Torre
de Lodeña. Hacía algunos años, había dejado su casa el noble portugués para
pelear contra los árabes invasores y en el ejército castellano; no traía a Castilla
el caballero compañía de hombres de armas, sino que venía en la hueste de un
anciano conde que en tierra de Zamora tenía su castillo, en el cual dejaba a su
hermosa hija enamorada y amada del caballero portugués, que debía unirse con
ella al concluir aquella campaña. Terminó ésta y volvieron vencedores el
caballero y el conde a tierras de Zamora, y pronto avistaron los torreones de
la feudal morada del zamorano.; pero, en la torre del homenaje, la bandera
condal no flotaba al aire, la servidumbre del conde no salía a su encuentro y
el castillo parecía envuelto en una nube de tristeza.
Apenas los caballeros penetraron en la entonces sombría morada,
supieron que la bella hija del conde luchaba en aquella hora con las angustias
de la agonía.
Aquel fue un día de horror para el padre y el prometido de la hermosa
joven; vieron cómo la vida se extinguía en ella, apagando la luz de sus ojos,
helando su cuerpo, del cual la vida se exhalaba en un murmullo, en un suspiro.
Y cuando todo hubo acabado, cuando bajo las losas de la capilla del Castillo
quedaron enterrados los despojos de aquella a quien tanto amara, el noble
portugués, sin despedirse del Conde, sin la compañía de sus escuderos, montó en
su caballo, salió del Castillo y triste y solitario, como el personaje de un
drama moderno, al rayar el día, despechado se retiró por la espesura.
Como el Duque de Gandía había de hacerlo algunos siglos después ante
el cadáver de la Emperatriz Isabel, el caballero lusitano, ante lo horrible de
aquella realidad que convertía en miseria y podredumbre y hedor la hermosura,
la gentileza y la juventud de su amada, sintió que se apoderaba de él un
invencible sentimiento de horror a la realidad y un ansia infinita de lo
incorruptible, de lo imperecedero, de lo eterno. Anduvo errante muchos días,
atravesando valles, montañas y bosques y un día encontró aquella caverna en el
fondo de un vallecito, sobre la ribera de un río y en ella buscó su refugio y
abrigo para siempre. Como el personaje a quien antes nos referíamos,
Abandonó el caballo y la armadura,
cambió con un pastor su vestidura
Y desde entonces se entregó en el fondo de la cueva a una vida de
meditación, de penitencia y de oración que poco a poco le transformó de un
guerreador audaz y mundano en varón de piedad y sacrificio.
En una noche memorable se le apareció la Virgen María y le dejó en la
Cueva una imagen suya para que tuviese ante los ojos del cuerpo lo que
ansiosamente buscaba de continuo en los ojos del alma.
Enajenado por esta prueba de la bondad divina, aumentó el solitario su
devoción y la austeridad de su vida y cuando ésta se agotaba, cuando la
Virgencita colocada en el nicho de la Cueva iba a quedar allí abandonada, para
que esto no ocurriese, la Virgen María se apareció al señor de la Torre de
Lodeña.
Así que este buen caballero recibió el último suspiro de su antiguo
compañero de armas, que le dejó el depósito sagrado de aquella imagen, venida
del cielo, cuyo culto promovió después y favoreció cuanto pudo el de Lodeña en
la misma cueva donde morara su amigo y la imagen apareciera, aumentándose
después la devoción por los milagros que en la Cueva lograron los fieles, por
intercesión de la Santísima Virgen que allí se venera (I.- Rada y Delgado llama
al noble portugués Roderico, como pudiera llamarle Alfonso, Enrique o Sancho.
Se encontró con un personaje sin nombre y se lo dio a su gusto, porque, en
realidad, en la leyenda no lo tiene).
Tal es la leyenda de la Virgen de la Cueva, como la saben y la cuentan
los aldeanos de los concejos cercanos al Santuario. Tiene éste lo que a aquélla
le faltaba de originalidad e impresiona vivamente a cuantos le visitan.
A menos de un kilómetro de Infiesto de Berbio, siguiendo la carretera
a Campo de Caso, sepárase de ésta a la derecha un camino que salva por un
puente el Piloña y sigue la margen izquierda río arriba, sombreada por esbeltos
álamos, correctamente alineados junto a la vereda como soldados gigantescos que
montaran la guardia en las inmediaciones de la gruta. Termina la vereda en una
pequeña explanada; entrando en ella, vése a la izquierda el hueco de la Cueva
iluminado por el sol del mediodía y óyese a la derecha el rumor cadencioso de
las ondas del río que recuerda el murmullo de la oración de una muchedumbre.
No es la peña de la Cueva como la roca ingente de Covadonga, ni en
nada se asemeja a ella, como no sea que ambas son santuarios de la Madre de
Dios.
Covadonga es una montaña, la peña de la Cueva es apenas una colina;
aquélla tiene la grandiosidad del acontecimiento más importante de la historia
nacional; ésta, la sencillez, la originalidad, lo pintoresco del episodio de la
tradición de un lugar, de un rincón de la montaña; Covadonga es la epopeya, la
Cueva es el Romance; para llegar a la gruta de Covadonga hay que escalar la
roca, la de Infiesto está a nivel del suelo; en Covadonga el río brota de las
rugosidades de la piedra por debajo de la capilla y se despeña desde gran
altura para formar abajo una nube de polvo de agua, pedestal del santuario; en
la Cueva el río se desliza a pocos pasos con un rumor de risas y sollozos y
cánticos lejanos y la humedad de sus márgenes sirve para mantener siempre verde
el tapiz que se extiende ante la entrada del santuario; Covadonga es la patria,
la Cueva es el hogar.
La roca en que se abre el romancesco santuario es caliza y dispuesta
en bancos casi horizontales; la oquedad viene a tener, a simple vista, de 23 a
24 m. de altura en la entrada, altura que va descendiendo hasta el punto de
unión de la roca y el suelo; el ancho total de la boca parece de poco más de 90
metros y el fondo será de 24 a 25 m.
Claro es que el santuario ha sufrido transformaciones; nosotros lo
recordamos como lo vimos por última vez el día que se inauguró el camino de
hierro de Oviedo a Infiesto. A la derecha de la boca de la Cueva hay una capilla
dedicada a San José; a la izquierda otra fundada por D. Diego Alonso de Posada
a principios del pasado siglo, bajo la advocación de la Virgen del Carmen. En
el fondo de la cripta y hacia la derecha se ve la capilla donde se venera la
imagen de la Virgen que se apareció al señor de la Torre de Lodeña. A la
izquierda también y debajo de la bóveda, como las demás construcciones, está
(II.- O estaba, a lo menos, cuando nosotros la visitamos en 1890) la casa del
capellán.
Llama desde luego la atención que la imagen principal, que por esto es
de talla tosca, no tenga capilla de más importancia y riqueza que aquella donde
está y que los señores de Lodeña, a quienes sucedieron después en el patronato
del santuario la casa de los Riveros y últimamente los marqueses de Vistalegre,
no hubieran cuidado de instalar mejor aquella sencilla estatua. Pero, cuenta la
tradición, que cuanto se ha hecho para esto ha sido inútil; se construían
altares lujosos en el fondo de la Cueva, se colocaba la imagen sobre ellos y a la
mañana siguiente se encontraban con que la imagen había vuelto milagrosamente a
su nicho humilde, oscuro, modesto.
La devoción que hay en la comarca a la Virgen de la Cueva es grande, a
pesar del trabajo demoledor que las ideas modernas hacen en las creencias
populares.
La crítica religiosa, filosófica y artística sonreirá con incredulidad
y lástima ante aquella imagen tallada sin arte, pequeña, pobre, mal pintada;
pero el hombre de corazón que, rendido en los combates de la vida, desalentado
por los terribles desengaños de la experiencia, busca en las concavidades
azuladas de la altura el lugar de paz, el camino de lo inmutable, no verá una
simple conseja en la de la Cueva. Verá un símbolo de su propia vida en aquel
caballero portugués que, con el cuerpo fatigado por el esfuerzo de las
batallas, con el alma agobiada por las tristezas infinitas del desengaño,
peregrina a través de las selvas y los valles de Asturias buscando un lugar de
descanso, penetra en una caverna para encontrar abrigo en ella y, cuando acaso
sumido en la desesperación levanta al cielo los ojos en demanda de consuelo,
divisa en un agujero de la peña la imagen que allí ocultó un cristiano
fugitivo, la imagen de la Virgen Santísima que parece decirle cuál es el camino
de lo eterno, dónde está la paz del espíritu; y juzgando aquello celeste
aparición, cae de hinojos ante ella gimiendo y sollozando, mientras los rayos
del sol, penetrando entre las malezas, forman en torno de la imagen de María un
nimbo de oro y el murmullo del río y el rumor de los árboles del bosque parecen
los últimos ecos de coros angélicos que cantan las alabanzas de la Madre de
Dios en las profundidades del Cielo.
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